HIMNO

Del poeta Aurelio Prudencio Clemente

A SANTA EULALIA, VIRGEN.

El tercero del Peristephanon o Libro de las coronas de los mártires


 

Eulalia, ilustre y noble por su cuna,

Aunque, más noble que por la prosapia,

Por la clase de muerte que ha sufrido,

Es la virgen sagrada,

Ornamento magnífico de Mérida;

De Mérida, á quien ama,

Donde vió la primera luz del mundo

Donde sus huesos en paz descansan.

 

El lugar, que produjo tan insigne

Gloria, cercano al Occidente se halla:

Poderoso en el orbe, pueblo rico;

Empero al que la sangre derramada

En martirio cruento.

Y el virginal sepúlcro más exaltan.

 

Tres veces y otras nueve

Del invierno al umbral ella llegara,

Cuando, en presencia de la vasta hoguera

Por fuego crepitante alimentada,

Maravilló animosa á los verdugos,

Qué, atónitos, temblando le escuchaban

Confesar que el suplicio

Le era dulcísimo y la muerte grata.

 

Ya, ántes de esto, señales vivas diera

De dirigirse con afecto y alma

Al solio excelso de Jesús, su padre;

De no estar dedicada

Su carne virginal, sus puros miembros,

Al tálamo nupcial. Y despreciaba

Los adornos de niña y atavíos,

No sabiendo jugar, cuando era párvula.

 

No daba aprecio alguno

Al brazalete cristalino de ámbar:

Si corona ponian en su frente,

El precio de las rosas eran lágrimas;

Y, si hermoso coral quizá le ofrecen,

El collar purpurino rechazara.

De faz serena, caminar modesto,

Y complexion sobrado delicada,

De los ancianos con el grave aplomo

Discurre en medio de su edad temprana.

 

Mas cuando á modo de tormenta horrible,

Persecución furiosa se levanta

Contra los siervos del Señor bendito.

Y á los cristianos fieles se les manda

Quemar incienso impuro

De los dioses mortales sobre el ara,

Y ofrecerles tambien en sacrificio

Del pingüe toro palpitante entraña…

 

Se exaltó vivamente

El religioso espíritu de Eulalia;

Y su esforzado corazon se apresta

A tumultuosas pelar batallas:

Y el índomable pecho de esta niña,

Que á Dios camina, del deseo en alas,

Luchas provoca, propias de varones

Al estruendo avezados de las armas.

 

El cuidado solícito de un padre

Oculta, empero, retirada en casa,

A la animosa vírgen, quien muy lejos

Se encuentra ya de la ciudad poblada:

No sea que la intrépida doncella,

De la muerte por Cristo con el ansia,

Se decida á buscar en el martirio

El mérito sangriento de la palma.

 

Ella, á quien pareciera aborrecible

El consentir, mediante vil tardanza,

Esta tregua preciosa, que á su padre

Del campo la quietud proporcionaba,

A solas, sin testigo, por la noche

A las puertas se llega de su estancia,

Y, del espeso muro

Rotos ya los cerrojos, huyes salva-

Desde allí por lugares sin camino

A la ventura marcha.

 

Entrase, con los piés despedazados,

Por terrenos do crece espina y zarza;

Pero en aquellos sitios tan incultos

De arcángeles un coro la acompaña:

Y, aunque la horrible noche esté en silencio,

Le servirá una luz de guia clara

 

Así, en la antigua edad de nuestros padres,

Tuvo la raza de Isral magnánima

La columna de fuego esplendorosa

Que las negras tinieblas auyentara,

Marcando allá entre las nocturnas sombras

Senda segura con su lumbre grata,

Que del confuso Caos

Disipa las medrosas nieblas vagas.

 

No de otro modo la piadosa Vírgen,

Que en medio de la noche caminaba,

Junto á sí vió la claridad del dia

Sin que hórridas tinieblas la cercaran,

Cuando huía del reino de la tierra,

Y buscaba con ánsia

Mas allá del imperio de los astros

Un camino que lleve á su morada-

 

Apresurando el paso vigilante,

Mucho camino recorriera Eulalia,

Ante que iluminase el horizonte

Con bienhadada luz la aurora clara.

Y al tribunal, apenas amanece,

Ya se dirige decidida, impávida;

Y, en medio de las fasces y lictores,

Con firme voz exclama:

 

<<Os ruego respondais: ¿qué significa

Ese furioso empeño, que á las almas

De perdicion en el tremendo abismo

Anhela ver al fin, precipitadas;

Y á corazones, de su ruina pródigos,

Al escollo de eterno mal arrastra?

Negar á Dios, omnipotente Padre,

No es el colmo, decidme, de la insania?

 

A las gentes de Cristo adoradas

Buscais vosotros, infeliz canalla.

Pues aquí me teneis: soy enemiga

De diabólicos ritos: soy cristiana-

Y vuestros vanos ídolos

Con menosprecio pisarán mis plantas-

A Dios, señor del mundo,

Confieso con la boca y con el alma.

 

Isis, Apolo, Venus; todos estos.

Y el mismo Maximiano ¿qué son? nada.

Aquellos, porque son sólo figuras

Hechas por la mano humana:

Éste, porque á las frívolas hechuras

De las manos adora y las ensalza.

Nada son ambas cosas;

Una y otra son fútiles y vanas.

 

Maximiano, que es dueño de riquezas,

Y á las piedras, no obstante, sirve y ama,

Prostituya y ofrezca su persona

A sus númenes: sea. Mas ¿qué alcanza

Con afligir, injusto,

Y molestar á generosas almas?

 

Candillo bueno siendo, y juez augusto

Es la sangre inocente derramada

Su alimento; y, ansioso deseando

Poseer cuerpos puros, despedaza

Sin miramiento alguno

De víctima inculpable las entrañas:

Y se goza, con torpe complacencia,

En tormentos causar á la fé santa.

 

Ea, verdugo, pronto, quema, corta:

Estos miembros, que lodo son, desata:

Disolver una cosa frágil, débil,

Será tarea de trabajo escasa.

Penetrar en lo interno es imposible:

Aunque el dolor consuma, queda el alma>>

 

Sobrescitada del Pretor la furia,

Al escuchar, pasmado, estas palabras,

Al lictor dirigiéndose, le dice:

<<De mi presencia pronto la arrebata:

Atorméntala presto con suplicios;

Siénta en sí que hay los Dioses de la pátria,

Y que del Príncipe el sagrado imperio

No es una sombra, ni mentira vana.

Mas ¡cuánto yo quisiera, sin embargo,

Antes de presenciar tu muerte, Eulalia,

Si es hacedero, torva jovencita,

Vencer tu oposición desatentada!

Mira cuánto gozar desaprovechas,

Cuánto solemne honor se te arrebata.

 

En seguimiento tuyo,

Viene, sumida en lágrimas, tu casa;

Y tu noble familia gime ansiosa,

Porque pereces en la edad temprana,

Flor tierna de la vida,

A quien tálamo y dote cerca aguardan.

 

Del lecho conyugal ¿no te fascinan

El regio ornato, ni las telas aúreas?

¿No te mueve de tus ancianos padres

La compasion piadosa, veneranda,

Y el pensar que su muerte precipitas

Con tu loca conducta temeraria?

Hé aquí que de la muerte rreparable

Los instrumentos pronto por ti aguardan.

 

O herirá tu cabeza agudo hierro,

O las hambrientas fieras, despiadadas,

Destrozarán tus miembros doloridos,

O, de las teas a la humeante llama,

Ante los tristes gritos de los tuyos,

Disolveráste en polvo vil tornada.

 

Escucha ahora: ¿qué trabajo cuesta

Esos tormentos evitar, que espantan?

Si, dócil, con tus dedos diminutos

Un poquito de sal, no más tocaras,

O exiguos granos de aromoso incienso,

La gravísima pena, que amenaza

Tu preciosa existencia,

De ti vieras al punto ya lejana.>>

La mártir, entre tanto, silenciosa,

No quiso responder á estas palabras;

Sino que, respirando extremecida

E indignada, saliva al rostro lanza

Del astuto tirano; y en seguida

De los dioses derriba las estatuas,

Y la torta, que está sobre el turíbulo,

La arroja al suelo con su firme planta.

 

Sin tardar un instante, dos verdugos

Sus tiernos pechos, torpes despedazan,

Y el acerado garfio de ambos lados

El virginal costado lo desgarra,

Penetrando hasta el hueso; y entre tanto

Les golpes que la hieren cuenta Eulalia.

 

<<Hé aquí, Señor, que para mi es escrita

Esta leccion por vos. ¡Cuánto me agrada

Leer ¡oh Cristo! Aquestos caracteres,

Que trofeos de tu Pasion señalan;

Y observar que tu nombre sacrosanto

Mi roja sangre á su manera ensalza!>>

 

Sin llanto ni gemido, alegre, intrépida,

Tales razonamientos platicaba.

El dolor insufrible

Lejano de su espíritu se halla;

Y en nueva sangre tintos son sus miembros,

Que humeante brota y que su cútis lava.

 

El último suplicio desde entonces

A pasos gigantescos se acercaba;

Y no fue el aflígirla con heridas

Que le infiriesen flagelantes varas,

Ni fue que destruyesen los ministros

Su piel con la violencia de las llamas:

Sino que de las teas encendidas

El humo y el calor por do quier vagan,

Y á los costados y hasta el vientre y pecho

Llegan, por fin, con furia desusada.

 

De sus cabellos la olorosa trenza

Cae flexible sobre la garganta,

Y, volando en seguida por los hombros,

Halló el recato de la vírgen casta

Un velo en su cabeza, que la cubre,

Y su inocencia sin desdoro guarda.

Hasta el semblante mismo de la mártir

Llega, por fin, la crepitante llama.

Que, envolviendo contínuo la cabeza,

Ya por la cabellera alimentada,

Superó el mismo vértice. Y entonces

La vírgen que con ánsia

Un fin presto á la vida apetecia,

Al respirar la hoguera, fue asfixiada.

 

Al punto se dejó allí de repente,

Más que la nieve, ver, hermosa y blanca.

Una paloma, que, al volar parece

De la mártir la boca abandonaba,

Y á la region inmensa de los astros

Se dirigía presurosa, rauda.

Era aquel el espíritu inocente.

El alma pura y cándida de Eulalia.

 

El cuello se doblega sobre el trono,

Del cuerpo estando ya lejos el ánima;

Y la hoguera encendida,

Extinguido su fuego al fin, se apaga

A los miembros exánimes, inertes,

La paz, despues de la tormenta, es dada.

Triunfante el alma se remonta al éter,

Y, en las regiones altas,

Se dirige veloz y presurosa

De la inmortalidad allá á la estancia.

 

El satélite mismo allí presente

Tambien ha visto la paloma blanca,

Que, ante el público atónito de asombro,

De la mártir la boca abandonara.

Estupefacto, presa del asombro,

Se alejó, huyendo de su propia infamia;

Y el lictor temeroso, amedrentado,

Un momento allí más tampoco aguarda.

 

Y he aquí que, el frio invierno,

Ampos sin cuento de las nubes manda,

Que, cubriendo el extenso anfiteatro,

Cubren los miembros, á la vez, de Eulalia,

Que yacian al pié del yerto poste,

Y les sirven de fúnebre mortaja.

 

Cese el dolor de aquellos,

Que suelen acoger siempre con lágrimas

De la vida del hombre

Los instantes supremos y desgracias.

Den tregua á la ternura de su afecto.

De Dios cumplida la órden soberana,

Oh Vírgen!, ya los mismos elementos

Te prestaron exequias funerarias.

 

Hoy el lugar de su sepulcro es Mérida

Colonia de los Vétones preclara,

Por la que corre caudaloso el rio

Memorable Guadiana,

El de verdes orillas,

Que veloz sus hermosos muros baña.

 

Aquí, donde los mármoles vistosos

Dan brillo á la basílica sagrada,

Conserva cuidadosa

En su seno la tierra veneranda,

Para el hispano y para el peregrino,

Estas reliquias y cenizas santas.

 

Resplandecen las bóvedas, lucientes

Con el destello de techumbres aureas,

Y simétricos jaspes en el suelo

Ostentan formas varias,

Hasta creer que los floridos campos

Allí matices diferentes cambian.

 

Cojed violetas purpurinas presto,

Y rojas amapolas arrancadlas;

Que el invierno festivo las produce,

Y el hielo frio de los campos marcha,

Para que vuestros canastillos llenos

Ya contempleis de flores perfumadas.

 

Esta ofrenda, con hojas muy vistosas

Le lleve el niño y la doncella casta;

Que á vuestro coro yo uniré las mias

Con dactílicos versos enlazándolas:

Flores pobres, marchitas;

Pero festivas mucho y entusiastas.

 

Asi son venerados por sus hijos

Los huesos de esta MÁRTIR esforzada

Y el altar que delante de sus restos,

Por la piedad edificado se alza.

Ella, cerca del trono del Excelso,

De mirar á sus pueblos no se cansa,

Escuchando benigna

Del lábio del creyente la plegaria.

 


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Comentarios: 9
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